Martina ya es una estrella. Más allá de su meteórico
viaje hacia la conquista del infinito tenístico, lejos de su abrumadora
suma de títulos y de su continuada sucesión de récords,
en 1998 ha cruzado la barrera que distingue a aquellos que la historia
no olvidará. En 1998, Martina Hingis es objeto de deseo, es carne
del papel couché, es heroína de adolescentes y reina de una
madurez inesperada a los 17 años. Vive enamorada (del tenista español
Julián Alonso). Su imagen, seductora y atractiva, devora las portadas
de revistas de todo el planeta. Es número uno mundial en la pista.
Y pisa suelo firme, no se deja seducir por adicciones materiales y mortales
y desconoce la frivolidad.
A pesar de su corta edad, Martina adora la seducción. Ella
misma eligió el vestido más ceñido y reducido que
la marca italiana que la patrocina, Sergio Tacchini, había incluido
en su colección de 1997. Se enfadó cuando los fotógrafos
de los tabloides sensacionalistas de Londres utilizaron durante el último
torneo de Wimbledon teleobjetivos especiales para descubrir marcas de celulitis
en piernas. Se ha atrevido a posar como modelo (con ropa de Versace y Armani,
sus diseñadores preferidos) e, incluso, se ha disfrazado de tenista
del siglo pasado.
Es el contrapunto de
las otras "niñas" del circuito: rebosa felicidad, disfruta de su
madre, continúa sus clases...
Rara vez descuida su maquillaje, peinado y atuendo cuando salta
a una pista. Coquetea con el público y no escatima sonrisas y guiños
cada vez que suma un punto. Recientemente, unas fotos trucadas en las aparecía
desnuda colapsaron las entradas a una página de Internet. Hingis,
indignada, estalló con energía. Anunció acciones legales
y logró que la página fuera retirada. Prometió que
nunca posaría desnuda y frustró el sueño de Playboy,
que ya en su día ofreció un cheque lleno de cifras a Steffi
Graf por posar.
Sus artes de la seducción han dado frutos rápidamente.
En el reciente torneo de Cayo Vizcaíno, Martina no pasó de
las semifinales, pero descubrió al mundo que era una joven feliz.
Su relación con el tenista español Julián Alonso,
de 20 años, llevó a la joven pareja a la primera fila de
la actualidad. "Estoy muy contenta por Martina", confesó ingenuamente
su madre y entrenadora, Melanie Molotor.
Alonso, natural de Canet, un pueblo cercano a Mataró, 43º
del ranking mundial masculino, un servicio de acero como carta de presentación
-225,3 Km/h, el tercero más veloz de la temporada pasada- y dotado
de un tenis brutal e incontrolado pulido por un entrenador de renombre
como es el colombiano Pato Álvarez, ganó su único
título individual en Santiago de Chile en noviembre de 1997. Salió
del anonimato tenístico al ser elegido por Manuel Santana para ocupar
la cuarta plaza del equipo que, este fin de semana, enfrenta a España
con Brasil en Porto Alegre en eliminatoria correspondiente a la primera
ronda del Grupo Mundial de la Copa Davis.
En la pista. Martina
hingis ha obtenido cuatro grand slams en cuatro temporadas como profesional,
Julián Alonso, 43o del "ranking" mundial masculino, destaca
por su potente servicio.
Martina y Julián no se han ocultado de las cámaras,
han entrenado juntos, han compartido cenas y cines, han acudido a ver sus
respectivos partidos y se han lanzado flores. "Somos un chico y una chica
que nos llevamos bien. Ella me atrae, pero lo demás es cosa nuestra",
ha confesado Alonso, deportista, espigado, moreno de ojos marrones, que
soñó con ser delantero centro del Barça, que adora
la música cañera (con The Cranberries y Metallica al frente)
y que no oculta su adicción por las canciones de Luis Miguel y su
romanticismo varonil ("Los españoles sabemos cómo manejar
a las mujeres", ha manifestado).
SUPERSTICIOSA
Pero Hingis, además de seducir, vence. Se deja llevar por la
superstición en los partidos y evita pisar las rayas de la pista.
Su conjuro con la suerte le ha proporcionado resultados electrizantes:
cuarta temporada como profesional, cuatro Grand Slams (sólo le falta
Roland Garros), otros 11 títulos del Circuito femenino y mil y un
récords de precocidad (entre ellos, el de ser la número uno
más joven de la historia: 16 años y 6 meses).
Y, además de vencer, sabe tener los pies en la tierra.
"Martina tiene claro que lo importante no es ganar el máximo dinero",
apunta su agente, el ex tenista alemán Damir Keretic. Martina tiene
contratos con una firma de raquetas y otra de ropa, anuncia un agua mineral,
un reloj y una marca de automóviles aunque no tiene el carnet de
conducir. Sabe mimar a los patrocinadores ("Doy las gracias a todos los
patrocinadores del torneo menos a Rado -una marca de relojes suiza-. ¡Yo
tengo contrato con Omega!", bromeó tras vencer en Cayo Vizcaíno
en 1997). Cuando sólo era una niña, hipotecó su vida
con contratos millonarios y se acostumbró a marchas forzadas a escuchar
que sería la reina del año 2000. Su prematura irrupción
en el circuito sembró la polémica y el temor. "Me da mucho
miedo lo que están haciendo con estas niñas", comentó
la veterana Navratilova. "Si fueran mis hijas, les diría que esperasen
por lo menos hasta los 16", añadió la campeona.
Pero Martina Hingis rebosa felicidad. Huye de la imagen depresiva
que persiguió a algunas adolescentes prodigiosas como la estadounidense
Jennifer Capriati, que, después de la presión familiar y
del circuito, terminó siendo acusada de robar bisutería y
consumir drogas y sumida en una profunda crisis que todavía dura
("¿No debería adelgazar para mejorar sus resultados?", le
preguntó un periodista antes de que ella estallara a llorar). Martina
disfruta de su madre ("Es mi madre, mi entrenadora, mi mejor amiga..."),
sigue montando a sus caballos (Montana y Shubidu), prosigue sus cursos
de danza clásica, multiplica sus amistadas en el circuito, huye
del endiosamiento y, esporádicamente, regresa a su país natal,
la Eslovaquia, donde reside sin demasiados medios económicos su
padre, divorciado de su madre cuando Martina era una niña ("Volver
a Kosice me permite no olvidar lo que es la realidad de la vida", ha afirmado
la tenista). Y ni siquiera ha permitido que un desequilibrado que la persiguió
durante meses agobiándola con multitud de regalos y cuya entrada
fue finalmente prohibida a los torneos para prevenir viejas pesadillas
(Graf recibió tartas envenenadas y Seles fue agredida con un enorme
cuchillo), quebrara su felicidad. Y es que la estrella Hingis luce con
fuerza en 1998 y no permite que nadie cuestione su brillo interminable.