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Especial para El Espectador
El tiempo ha pasado. De eso me doy cuenta cada vez que tengo que subirme a un avión. Es a miles de pies de altura donde se le da un respiro a la mente para recordar. Es en esos vuelos eternos entre Bogotá y Los Ángeles, cuando me llegan a la memoria cada uno de los pasos que he tenido que vivir al lado de mi hijo para alcanzar lo que muchos llaman éxito.
Es increíble, casi milagroso. A veces pienso que los logros de Juancho no son más que la parte de un lindo sueño del que no quiero despertar. Sin quererlo, me quedo observando el anuncio de fasten seat belt (mantenga el cinturón asegurado) y en mi pantalla mental se proyecta un gran momento.
La mesa del comedor de la casa de Germán Mejía (hoy mi compañero de aventuras) aparece tan clara frente a mis ojos, que me da la impresión de haber regresado al pasado.
Un kart, herramientas y mi vestido engrasado son una clara imagen de ese instante. De repente escucho el sonido del timbre y veo a mi esposa, Libia, con su vestido de maternidad. Había llegado el momento esperado.
Salimos volados para la clínica Country. Era el 19 de septiembre de 1975. Pero sólo a las cuatro de la mañana del otro día me dieron la buena nueva. Era un varón, lo que yo siempre había querido, y al que decidí llamar Juan Pablo.
Salto en el tiempo
Un leve movimiento, producto de una turbulencia, me lleva de repente a lo que nosotros llamábamos el kartódromo de El Salitre. Juan Pablo ya había cumplido los tres meses y Libia lo llevó a una carrera. Ese día salí triunfador y no resistí la tentación de montarlo en mis piernas. Mi esposa accedió, y ése fue el comienzo de un ritual que se repetiría en cada victoria.
Ésos fueron los primeros contactos de mi Negro con la velocidad. A él le gustaba y se emocionaba cuando yo aceleraba. Incluso, me dejaba trompear para ver su reacción. Nunca se inmutó y por eso llegué a soñar despierto que algún día él sería campeón.
Después del año, Juancho volvió a mostrar síntomas de cariño por las ruedas. Él, aún sin caminar, se las ingeniaba para montarse en un carrito de Fisher Price y en su lenguaje balbuceante repetía, antes que papá y mamá, brum, brum, brum....
Señor, ¿desea una gaseosa o un vino?, dice la azafata. Su corta interrupción sirve para dar un pequeño salto en el tiempo. Ahora me encuentro en Venezuela, donde unos pequeños niños competían alentados por sus padres. No dudé en ningún instante, al igual que muchos de mis compañeros de viaje, en hacerme a uno de estos karts. No sé si fueron $25.000 ó menos lo que me tocó pagar.
Como en Colombia la Federación no tenía estipulada la categoría infantil, nosotros mismos (los padres) les organizamos un campeonato. La primera carrera de Juan Pablo fue en el kartódromo de Cajicá. Fue algo muy chistoso. Juancho era tan chiquito que el casco (blanco) no alcanzaba a salir de la silla y su visual se resumía a lo que pudiera observar por la parte interna del timón. Yo opté por no decirle absolutamente nada al comienzo. Mi intención era que él mismo se diera cuenta de en qué estaba sentado, y que experimentara por sus propios medios.
Habla el capitán. El tiempo de vuelo es de ocho horas. Haremos escala en Ciudad de México....
Ya cuando Juancho había hecho un buen número de kilómetros empecé a enseñarle, a corregirlo. Tengo que reconocer que lo que más me costó fue que entendiera lo que es poner a punto un kart. Yo se lo descuadraba para que él me dijera qué sentía, lo llevaba a extremos. Lo que hacía era mirarme a los ojos para encontrar mi aprobación.
Pensando en el exterior
En contados minutos presentaremos la película Días de trueno. Qué bueno, es de automovilismo. Esto me recuerda el momento en el que decidí llevarlo al Mundial de Karts en Lonato (Italia), cuando todavía era un niño. Eso sí que le sirvió. Allá se dio cuenta de que el kartista tenía que estar más despierto. Vio cómo todos los competidores estaban muy involucrados con el cuento. Él no dudó en tomar la misma actitud y eso le quedó como manía.
Un momento difícil se dio cuando la mayoría de sus amigos de los karts, como Ángelo Vega, Andrés Felipe Gómez y otros más, dieron el salto al automovilismo, específicamente a la Copa Sprint.
A mí no me gustó ese panorama y por eso Juancho andaba como friquiado, pues se quedó casi solo en el kartismo. Una de las razones fundamentales para esta determinación era que los pilotos tenían que hacer el curso de la Esso con Jorge Cortés y José Clopatofsky para poder correr. Élmer Vega, padre de Ángelo (quien sí hizo el curso), me dijo: Oiga, Montoya, nosotros como que no tenemos ni idea de la vaina, si viera cómo Jorge Cortés le ha ayudado a mi hijo. Pero ya en la carrera confirmé que los equivocados eran otros, ya que Ángelo, con su experiencia, no pudo pasar a Felipe Triana (un novato). Me acuerdo de que les dije a los hermanos Leal: Si Juancho me llega a manejar así, lo bajo de una oreja, a lo que ellos me respondieron en coro, ¡Uy sí!, tan sobrado.
La ratificación a mis conceptos se dio cuando Juan Pablo tuvo que remplazar en la Sprint a Diego Fernando Mejía (hijo de Germán), quien se había partido una pierna. Todos los chinos decían que nos iban a dar duro. Pero los dejamos aburridos porque ganamos las dos mangas.
Las cosas cambiaron para mí cuando se anunció la Fórmula Renault. Empecé a presionar para que lo dejaran correr, fue una obsesión, encontrando resistencia de Jorge Cortés, José Clopatofsky y Ronny Albretch, entre otros. Ellos decían que Juancho era un peligro y que más bien el que debería pensar en correr era yo.
Qué equivocados estaban. Cómo pretendían que yo les entregara a Juan Pablo para que le enseñaran a manejar mal. A mi hijo lo aceptaron en la Fórmula Renault porque no habían podido vender todos los cupos. Yo pagué el de mi hijo de contado.
El siguiente paso fue aceptar el consejo de Germán Mejía, quien tenía la documentación de la escuela Skeep Barber de Estados Unidos. Viajamos a Sears Point con la intención de que Juan Pablo aprendiera a manejar una caja de piñón plano. Allí apareció en nuestras vidas un señor Vickelford, quien al ver a Juancho en la pista me dijo: Nunca había visto un piloto con tanto talento.
Y vino la primera carrera de la Renault. Todos los comisarios estaban pendientes de Juan Pablo porque les habían ordenado que lo siguieran con celo, porque podría poner en peligro la integridad de todos los pilotos. Su respuesta fue contundente: la pole position. Al final fue subcampeón, con cuatro victorias.
En nuestra vida se han presentado muchos benefactores. Uno de ellos fue Manuel Antonio Lince, el propietario de Autoniza, quien le dijo a Juancho que él quería patrocinarlo para la Copa Swift GTI. Lo llamé y me pareció un tipo muy querido. Él, como nuevo concesionario de Colmotores, sólo quería que Juan Pablo ganara la primera carrera. Y no lo defraudó. Hizo la pole y ganó, incluso superando a Jorge Cortés, quien sorpresivamente se presentó como remplazo de Jorge Bombita Arango. Fuimos campeones con siete victorias.
El objetivo siguiente era la Barber Saab en Estados Unidos. Para ello contamos con el decidido apoyo de Manuel Lince y Pedro de Narváez. Viajamos al Gran Premio de Miami, un circuito callejero, y allí Juan Pablo les ganó a todos. Esto puso en alerta a los organizadores. En la Barber, supuestamente, los turbos eran sellados, pero el mecánico de nosotros nos confesó que Rob Wilson siempre le metía mano al motor del carro de Juancho. De la Barber salimos con muy mal sabor. Pero nuevamente el destino puso frente a nosotros otro gran aliado. Su nombre es Peter Argentzinger, quien no dudó en decirme que yo he visto todo lo que le han hecho a su hijo acá. Su futuro no está en Estados Unidos sino en Europa. Yo tengo conexiones y lo puedo ayudar. Sólo le pido que me pague el pasaje y lo conecto con gente de la Fórmula 3... Le giré un cheque por US$500.
Por favor, abrocharse los cinturones, que estamos a punto de aterrizar en Ciudad de México.
No puedo olvidar que precisamente después de la carrera de Laguna Seca, antes de que terminara el campeonato de la Barber, la Federación Colombiana había recibido una invitación de los mexicanos para que dos pilotos de nuestro país hicieran unas pruebas en la F-3 de ese país.
Los escogidos fueron John Estupiñán y Juan Pablo. Viajamos desde Los Ángeles a Ciudad de México y de allí a Puebla, en donde encontramos un triste panorama. El Fórmula 3 no lo pudieron prender y lo remplazaron por un formulita viejo.
Juancho se desmotivó y no le puso interés a la prueba y por ello Estupiñán era más rápido. Yo le dije: O se pone las pilas o nos vamos ya de acá. Pero sucedió el milagro. Al fin pudieron prender el F-3. En ese momento Juan Pablo volvió a la vida y en la pista sorprendió a todos, entre ellos a Tommy Bernd, ex campeón de la F-3 inglesa, quien no dudó en preguntar quién estaba girando.
Cuando Juancho llegó a los pits y se quitó el casco, el inglés quedó más sorprendido: No sólo es muy bueno sino que es un niñito, dijo. Después le tocó el turno a Estupiñán, quien aprovechó un consejo del británico para bajar un poco el alerón. Sin embargo, fue más lento que Juan Pablo.
Para conocer el resultado tuvimos que viajar a Zacatecas en bus, más o menos 12 horas. En esa ciudad, un señor de apellido Galicia nos dijo que el escogido era Juan Pablo, pero en el momento en que íbamos a firmar el contrato nos advirtió que teníamos que correr con todos los gastos en el evento de que le pasara algo al carro. Lógicamente no firmamos. John sí.
Cal y arena
Desmotivados regresamos al hotel. Al entrar a la habitación encontré que en el teléfono había un mensaje de un señor que nos proponía correr en prototipos. Nos enviaron pasajes de primera clase para Ciudad de México. Quedó pactado nuestro concurso para la carrera de Guadalajara. Paradójicamente se presentó la misma reacción de Colombia. Cómo van a dejar correr a ese chamaco, se les oía decir. Y en las clasificaciones, el chamaquito colombiano les hizo la pole con récord.
Lo de los monoplazas estaba prácticamente descartado, pero una apuesta originó nuestra participación en la Fórmula N de ese país. El propietario del equipo en el que corría Mario Domínguez, figura mexicana, no se cansaba de decir que su piloto se comía vivito al pinche colombiano.
Y esta afrenta encontró respuesta en otro equipo. El dueño decidió apostar una buena suma de dinero en favor de Juan Pablo. Bajó a uno de sus volantes para darle el puesto a Juancho. La apuesta se hizo efectiva en León, donde hicimos el segundo tiempo en las clasificaciones, por delante de Domínguez. Al otro día nos encontramos con la sorpresa de una descalificación por no pasar la revisión. Juan Pablo debía partir en el último lugar. El dueño del equipo se asustó, pero Juancho le dijo que lo dejara correr y que tuviera la seguridad de que no iba a perder su plata. Corrió y ganó.
Otra vez mi pensamiento me traslada a la final de la Barber, en Phoenix. Allí acordé encontrarme con Peter Argentzinger en Donington Park para ser presentado con Jackie Stewart. Fue la primera vez que crucé palabras con el ex campeón mundial de Fórmula Uno, quien fue honesto al decirnos que lo que había hecho Juan Pablo no era suficiente para darnos un cupo. Me propuso la posibilidad de la Vauxhall Lotus.
Hablé también con el West Surrey, equipo en el que había corrido Ayrton Senna. Cuadramos un test. También tuvimos un acercamiento con el dueño de Fortec. Pero pasó algo inesperado. En uno de los controles del aeropuerto perdí los papeles y el dinero, y con ellos la ilusión de la prueba con el West Surrey.
La única posibilidad a mano era el Fortec. Días después Llegamos a Donington y Juan Pablo se exigió al máximo en el test. De repente escuché por el altavoz de la torre que me llamaban. En realidad me asusté, porque pensé que mi hijo la había embarrado. Cuando entré a ese lugar vi a un señor de edad rodeado de una gran cantidad de monitores, en los que tenía una privilegiada visual de zonas estratégicas de la pista. Señor Montoya, yo no acostumbro a hacer esto. No me gusta hablar, pero quiero felicitarlo porque usted tiene un hijo muy especial.
El todo por el todo
Regresamos a Bogotá para conseguir el dinero para la F-3, pero fue difícil. Era demasiado para nosotros. Sin embargo, en enero del 95 recibí un fax de Paul Stewart en el que me ofrecía un asiento para la Vauxhall Lotus, a un buen precio. De inmediato dije que sí y me fui a conseguir un leasing, respaldándolo con mi casa. Les mandé a Juancho a Inglaterra y en la Vauxhall su aprendizaje fue buenísimo. En esta categoría terminó tercero, con una victoria en el Europeo.
Después venía otro paso obligado, el de la Fórmula 3. Era casi un hecho que los pilotos de Stewart para esta categoría iban a ser Helio Castro y Juan Pablo, pero Johnny Kane no pudo titularse campeón y por eso decidieron que repitiera. Quedamos por fuera. El West Surrey se había ido de la categoría y la única opción era otra vez el Fortec. Recibimos todo el apoyo de Augusto López y pintamos el carro de amarillo con los distintivos de Clausen. Empezamos bien, pero al final los motores Mitsubishi no respondieron, porque todo el presupuesto se fue para el Mundial de Rallys. Juan Pablo ganó tres carreras y finalizó quinto. Aunque no ganó, su demostración le sirvió para ser invitado por el equipo Mercedes para remplazar en una válida a Magnussen en el ITC.
El siguiente escalón era el de la F-3000, categoría en la que los ceros a la derecha aumentaban considerablemente. El sólo test costaba US$25.000. Confieso que me volvió a entrar el pánico. Pero nuevamente Dios puso en orden las cosas. El Alfa Plus nos ofreció una prueba gratis y casi al mismo tiempo Autosport se contactó con nosotros para el mismo tema.
Nos fuimos a Jerez de la Frontera con la maleta cargada de ilusiones, y Juan Pablo se dio el lujo de hacer los mismos tiempos que Tom Kristenssen, quien con llantas nuevas lo superó. A Juancho, a pesar de insistir, no querían montarle un nuevo juego de cauchos. Perdimos la esperanza, pero cambiaron de opinión. Salió, giró y fue el más rápido de la jornada.
Viajamos a Colombia con la preocupación de conseguir el patrocinio para la categoría, pues el dinero que se requería era superior al de la F-3.
Nos fuimos de vacaciones a San Andrés y a mi celular llamó un hombre con acento enredado. No le entendí nada y por ello le pedí que me pusiera un fax al Telecom de la isla. Era Helmuth Marko, quien me proponía que firmáramos un contrato. Le hablé de la parte económica y me contestó que con esa plata yo no podía conseguir nada. Él me presionaba y yo le insistía en que no tenía dinero. Hasta que después de unos buenos días, me dijo que él me recibía la plata que tenía y que el resto se lo pagara a fin de año.
La decisión era difícil, porque los del Alfa Plus estaban muy motivados. Pero mi hermano Diego me dijo: Pablo, en el automovilismo uno tiene que dejar a un lado el corazón.
Firmamos con Marko y Juan Pablo se fue a Austria. Allí vivió en un altillo y su medio de transporte eran unos patines. Para el Negro fue muy complicado, por el idioma y porque el viejo Marko no lo entendía y se la pasaban peleando. La relación se dañó y Juan Pablo terminó en el segundo lugar.
La Fórmula Uno
Por eso yo acepté la propuesta de David Sears de ser el manager de Juan Pablo. Se dio el cambio obligado y el trasteo de las cosas de mi hijo se hizo en Jerez, del camión de Marko al de Súper Nova. Por ese tiempo se dio la oportunidad de pelear por el cupo para piloto de pruebas de la Fórmula Uno, gracias a que el hijo de Frank Williams (Johnatan) se había convertido en un fiel seguidor de Juan Pablo.
Juancho fue citado por Frank en su oficina. Ese día compramos una camisa nueva y corbata. Juan Pablo entró solo y cuando salió me dijo que Williams era un tipo fresco y sencillo. Es que Juan Pablo no se descresta con nada ni con nadie.
Conseguimos el cupo como piloto de pruebas en F-1 y al mismo tiempo la participación en la Fórmula 3000, gracias a que Sears se las ingenió para que los japoneses asumieran parte del dinero para competir y de otra suma que puso el padre del compañero de Juan Pablo en el equipo.
Nos empezó a ir bien y le pudimos pagar la plata a Marko con intereses. Luis Fernando Lenis, quien nos había ayudado mucho, se fue para Cali y por eso pensamos en Felipe Santos para comercializar la imagen de Juancho en el país, como lo viene haciendo hasta ahora. Fuimos campeones de la F-3000, en una de las alegrías más grandes de mi vida.
Juan Pablo estuvo muy cerca de ser piloto de Stewart en F-1. Jackie nos llamó después de una gran actuación en Mónaco. Su intención era que mi hijo remplazara a Magnussen, a quien no le había ido bien. El sueño casi se hace realidad, pero Williams se opuso. Juancho se molestó un poco, porque consideraba que el británico le estaba cerrando el camino. Después, las relaciones volvieron a la normalidad cuando se dieron las negociaciones para la Cart.
Uno de los ingenieros de BAR también hizo mucha fuerza para que Juan Pablo fuera el compañero del canadiense Jacques Villeneuve en la nueva escudería, pero el canadiense, tal vez temeroso, se opuso rotundamente a su contratación. El puesto fue para Zonta.
Sin posibilidades de llegar a la F-1, lo de la Cart y del Chip Ganassi fue un gran oasis y la posibilidad de seguir pensando en que algún día mi Negro, al que monté por primera vez en mis rodillas en El Salitre, algún día será campeón mundial de Fórmula Uno. Por el momento, no puedo dejar de pensar en lo que será la competencia en Laguna Seca. Una victoria nos acercaría a la meta.
Señoras y señores, bienvenidos a la ciudad de Los Ángeles....