Mientras esperabamos en la
caleta para salir en nuestro primer buceo, se nos ocurrio preguntarle a Michell Garcia por
un comentario suyo en una presentación que había hecho en Santiago, acerca de que había
visto tiburones grises "sólo dos veces" en la isla. "Sólo
dos veces buceando con aire", nos aclaró. Luego nos explicó: "cuando
estás cazando es casi seguro que siempre llegan". ¿Y qué se hace entonces?,
preguntamos un poco preocupados. "Tomas tus cosas y te vas a otro lado, antes de
que se insolenten demasiado", contestó con una sonrisa.
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Tiburón gris en Isla de Pascua (video captura)
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Ese día buceamos en el Motu Tau Tara sin sobresaltos. A la mañana
siguiente, cuando ibamos a bucear al sitio conocido como "el jardin",
el grupo de Mike Rapu, que venía de vuelta de ese mismo sitio, nos avisó que habían
visto dos tiburones en él.
Nuestro viaje de ida transcurrio en un ambiente tenso, mientras
Ramón se dedicaba a gastarnos bromas a todos y a tararear el tema de la película Tiburón.
Yo, por mi parte, iba tratando de resolver una contradicción vital, ya que bucear con
tiburones era uno de mis metas, pero llegado el momento de la verdad comenzaba a preguntar
para qué diablos lo hacia, y si no sería mejor dedicarme a algo más relajdo.
El jardín es un sitio formado por rios de lava congelada en formas
caprichosas, con un pico que termina a 6 mts bajo el agua. Ahi fue que amarramos el bote e
iniciamos el descendo. Desde ese pico, nos dejamos ir en caida libre hasta el fondo, a
unos 20 mts de profundidad.
Ibamos los seis por el paisaje volcanico, cuando veo que mis
compañeros se han quedado detenidos bajo un arco de lava que formaba un paso de unos 4
mts. de largo. Tuve un palpito inquietante cuando vi a Mery volverse hacia mi y colocarse
la mano vertical sobre la cabeza, simulando una aleta caudal. Me meti bajo el arco para
mirar aquello que los había detenido, y claro, al otro lado había un tiburón. Estaba
como a unos 20 mts, y debia medir casi dos metros de largo. En algun momento viró hacia
nosotros y comenzó a acercarse. Estime prudente buscar refugio bajo el arco, tratando de
nadar marcha atrás con la mayor dignidad posible y tratando de no mostrar temor, para no
asustar a mi hija Paulina, que me seguia. Era una cosa díficil de lograr, asi que
finalmente opte por quedarme donde estaba y esperar lo mejor.
El tiburón simplemente nos ignoró y se marchó, desapareciendo en
el azul lejano. Nosotros esperamos un minuto por produncia, y luego salimos del arco
nadando en la formación más apretada que nunca se vio, mirando con recelo para todos
lados, listos para volver a refugiarnos bajo el arco. En realidad, eso nos iba a servir de
bien poco, porque cuando a los tiburones les da por cazar, pueden meter su cabeza en
agujeros realmente pequeños.
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Ramón filmando
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Esa fue para todos nuestra primera vez con un tiburón; incluso para
Ramón y Mery, que ya habían viajado varias veces a la isla. De vuelta al bote la
relajación fue total. A medida que recapitulabamos nuestras emociones nos dimos cuenta de
que una vez no era suficiente, y que deseabamos repetir la experiencia. Estabamos
rebosando de adrenalina y exitados, mientras Ximena se esforzaba por hacernos ver que no
podiamos tomarnos a la ligera a los tiburones. No es que ella tuviera miedo, era
simplemente que vivio años en Australia, donde casi cualquier cosa es venenosa, urticante
o peligrosa en muchas formas, y en donde los tiburones si son cosa seria.
Esa no sería la única vez con los tiburones, por suerte. Días
después ibamos a Omohi, y nuevamente el grupo de Mike venía del mismo lugar y con la
misma noticia: "Dos tiburones. Uno de ellos se acercó mientras haciamos la
parada de seguridad. Uno de los buzos sacó su cuchillo de puro susto, pero la cosa no
pasó a mayores".
Esta vez, Ramón estuvo callado durante el viaje, cosa que me
preocupó muchisimo. Tomé un tubo de acero de un metro de largo, con un garfio en la
punta, que se usa para subir los peces grandes a la lancha. "¿Lo llevo?"
le pregunte a Ramón. "Claro, llevemoslo mejor" me contestó, con lo
que mi preocupación aumentó al doble.
Mike había dejado una boya amarrada al coral para señalarnos el
punto de descenso. La corriente estaba fuerte, y el descenso fue díficil, ya que
cometidos el error de intentar llegar a la cuerda para bajar por ella, en lugar de bajar
directamente y luego agruparnos en el fondo.
Esta vez ibamos a filmar y tomar algunas fotos con la bandera de
Buceo Aventura desplegada en el fondo, a 34 mts. Apenas habíamos terminado de hacerlo
cuando aparecen dos tiburones pequeños, de 1.2 mts aproximadamente. Esta vez si estaban
cerca, a unos 8 mts., pero la emoción fue otra. Primero, el anticlimax: ya no se veian
tan amenazadores ni temibles. Después, la admiración pura por las bestias más bellas
del mar. Ahi estaban, casi al alcance de la mano, casi nuestros; no tiburones
semi-domesticados que repiten tres veces al día el mismo show para turistas, no tiburones
que otro nos hubiera atraido. Nada de eso, los habiamos encontrados nosotros (o ellos nos
habían encontrado) sin intermediarios de ninguna clase.